Exactamente dos días después de que se formalizaron los papeles del divorcio, corté de inmediato los diez millones de pesos mensuales que había estado enviando a mi exsuegra.
La tarjeta bancaria, la libreta, incluso el PIN…
yo misma se lo había entregado todo tiempo atrás.

Pero en el acuerdo de divorcio no había ni una sola cláusula que me obligara a seguir manteniéndola. Bastó una llamada al banco para detener las transferencias. Limpio. Rápido. Sin complicaciones.
Mi exmarido, Mauricio, estaba demasiado ocupado en ese momento atendiendo a Pamela en una lujosa clínica de maternidad en la Ciudad de México. Como su amante estaba embarazada, la seguía a todas partes, temiendo que lo dejara.
¿Familia? ¿Su propia madre? ¿Responsabilidad?
Esas palabras hacía tiempo que habían desaparecido de su moral.
Esa tarde, mi Messenger se llenó de mensajes: audios uno tras otro, como una tormenta, cada queja más absurda que la anterior:
—Rebeca, ¿qué te pasa?
—¿Dónde está el dinero de mi madre?
—¿De verdad vas a dejarla pasar hambre?
Miré la pantalla y no pude evitar reír.
Sobre la mesa, la carpeta roja con los papeles del divorcio era una respuesta más clara que cualquier explicación que pudiera dar.
¿Desagradecida?
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